En los últimos meses, los asaltos a personas en paraderos de locomoción colectiva han dejado de ser hechos aislados para transformarse en una preocupación creciente, especialmente en la Región Metropolitana.
La PDI ha comenzado a seguir este fenómeno bajo una lógica investigativa específica, similar a la que en su momento permitió identificar modalidades como los “portonazos” o “turbazos”. Según antecedentes policiales difundidos recientemente, en la comuna de Santiago los asaltos en paraderos registrados por la PDI pasaron de 69 casos en 2024 a 116 en 2025, lo que representa un alza de 68,12%. También aparecen entre las comunas con más casos Maipú, Ñuñoa, Estación Central y Puente Alto.
El fenómeno tiene una particularidad inquietante: no siempre se trata del clásico “lanzazo” rápido y oportunista. En muchos casos, los antisociales se movilizan en motocicletas o automóviles, observan a las víctimas, se detienen en puntos estratégicos y actúan en grupo. La víctima no está caminando por una calle vacía ni saliendo de un banco; está esperando transporte público, muchas veces para ir al trabajo, estudiar o volver a casa. Esa cotidianeidad es precisamente lo que agrava la sensación de indefensión.
La alerta también ha sido recogida por reportes periodísticos recientes que describen bandas que se bajan de vehículos en paraderos de buses RED y asaltan a quienes esperan locomoción, principalmente durante la mañana, cuando aún hay poca luz y menor presencia de testigos. Se han mencionado casos en comunas como Puente Alto, Cerro Navia y San Bernardo.
El problema no solo afecta a los pasajeros. La violencia asociada al transporte público también golpea a conductores y trabajadores del sistema. Una investigación de CIPER identificó 131 puntos de violencia vinculados a recorridos de micro en Santiago, incluyendo robos, agresiones, ataques incendiarios y hechos graves contra usuarios y choferes. De esos registros, 58 correspondían a puntos de asaltos a pasajeros y conductores, con concentración en sectores como Avenida Santa Rosa, Barrio Franklin, Estación Central y el centro de la capital.
La paradoja es que este fenómeno aparece en un contexto donde las cifras generales de robos violentos a nivel nacional muestran una baja. El Ministerio de Seguridad Pública informó que, durante 2025, la tasa de robos violentos disminuyó 9,8% respecto de 2024, pasando de 600,1 a 541,5 casos cada 100 mil habitantes, equivalente a 11.129 casos menos. Sin embargo, esa baja general no necesariamente contradice la percepción de inseguridad en espacios específicos. Un delito puede disminuir en el promedio nacional y, al mismo tiempo, concentrarse o mutar en ciertos lugares de alta exposición ciudadana, como paraderos, terminales, estaciones intermodales y ejes de transporte.
El paradero es un punto crítico porque reúne tres condiciones favorables para el delito: personas detenidas, horarios predecibles y rutas de escape rápidas. A primera hora de la mañana o al anochecer, quien espera locomoción suele estar solo, pendiente del recorrido y con menor capacidad de reacción. A ello se suma el uso habitual del celular para revisar aplicaciones de transporte, comunicarse o coordinar trayectos, lo que convierte al teléfono en un objetivo inmediato.
Frente a este escenario, la respuesta no puede reducirse solo a más patrullajes esporádicos. Se requiere inteligencia territorial, análisis de horarios críticos, identificación de paraderos con recurrencia delictual, iluminación adecuada, cámaras operativas, coordinación entre municipios, policías y operadores de transporte, y canales de denuncia simples que permitan detectar patrones. La seguridad en el transporte público no comienza dentro del bus: empieza en la vereda, en el punto exacto donde el ciudadano espera.
Porque detrás de cada cifra hay una rutina alterada. Una persona que cambia su horario para no esperar sola. Una madre que acompaña a su hijo hasta el paradero. Un trabajador que deja de usar el celular en la calle. Un conductor que mira con tensión ciertos tramos del recorrido. El asalto en paraderos no solo roba especies; también roba tranquilidad, movilidad y confianza en el espacio público.
Hoy, el desafío para Chile no es únicamente reducir delitos en términos generales, sino recuperar aquellos lugares cotidianos donde la ciudadanía debería sentirse segura. Entre ellos, el paradero ocupa un lugar simbólico y urgente: es la puerta de entrada al transporte público, pero también se ha convertido, para muchos, en una frontera de incertidumbre.










