Hay momentos en que la realidad deja de ser un conjunto de hechos dispersos y comienza a adquirir la forma de un síntoma. La agresión mortal a una inspectora, la violencia ejercida contra una autoridad de Estado, las amenazas y agresiones a los alcaldes y concejales, las agresiones a las fuerzas policiales y la denostación máxima de intolerancia frente al otro, no son episodios inconexos. Son, más bien, manifestaciones de una misma falla: la erosión de las condiciones mínimas que hacen posible la convivencia.
Frente a ello, la reacción ha sido predecible. Se alzan voces que reclaman más penas, nuevas figuras delictivas, mayores herramientas de coerción. Es una respuesta comprensible, pero reactiva y débil, además de poco creativa. Porque supone que el problema radica en la insuficiencia del castigo, cuando lo que está en cuestión es algo anterior: la disposición a reconocer y respetar al otro como persona.
Grupos que actúan en masa, movilizados y amparados en convicciones ideológicas febles, se comportan como si el orden normativo fuese opcional. No porque lo ignoren, sino porque lo consideran inferior a la causa que dicen encarnar. En esa lógica, la violencia deja de ser un exceso y pasa a ser un instrumento legítimo que recordemos hace siete años fue incitado y validado irresponsablemente por personas de relevancia pública y muchas de las cuales posteriormente fueron autoridades…hasta hoy muchos aun le deben explicaciones al país al poner en riesgo nuestra democracia y a un gobierno elegido constitucionalmente.
Algo de esto advirtió tempranamente el profesor Humberto Maturana, cuando señaló que el problema de los sistemas humanos no radica solo en sus estructuras, sino en las emociones que los sostienen. El idealismo, cuando se vuelve irreflexivo, degenera con facilidad en fundamentalismo y el fundamentalismo, por definición, clausura el diálogo, porque no busca comprender, sino que busca imponer. En consecuencia, el otro deja de ser un legítimo otro en la convivencia, como diría Maturana, y se convierte en un obstáculo.
Lo inquietante no es solo la violencia en sí, sino la tranquilidad con que parece ejercerse. No hay duda, no hay vacilación, no hay conciencia del límite, y la efervescencia del fenómeno de masa envuelve al colectivo en una suerte de certeza moral que, pareciera ser, exime de toda reflexión, contención de la conducta, y culpa.
Cabe preguntarse: ¿qué hemos hecho o dejado de hacer para que esto sea posible?
Las sociedades no solo producen bienes o instituciones; también producen sentimientos, formas de mirar al otro, formas de gestionar nuestras diferencias y resolver nuestros conflictos. En ese sentido, no es irrelevante lo que se ha cultivado en espacios como la educación (léase establecimientos educacionales y ahora universidades) donde muchas veces se ha privilegiado la adhesión sumisa a causas, por sobre el respeto y los derechos del resto de la comunidad educativa.
Lo mismo ocurre públicamente en la discusión política donde el respeto pareciera ser un valor relativizado y encubierto, porque solo importa el redito de figuración mediática….entonces que podemos esperar de las personas comunes sin cargos, sin autoridad, sin representación más que sus propios intereses.
Entonces si lo que se ha cultivado es la desconfianza, la superioridad moral y la legitimación de la violencia en nombre de causas, entonces no debiera sorprendernos el resultado.
Insistir en nuevas leyes, en el aumento de penas, uso de pórticos, revisiones aleatorias de mochilas y patrullajes preventivos, pueden ofrecer una ilusión de control temporal. Pero no resolverá el problema de fondo. Porque la crisis que enfrentamos no es solo jurídica o penal; es, antes que todo, social, cultural y educacional, y como sabemos, eso es infinitamente más difícil de revertir. En consecuencia, seguimos atacando los efectos y no las causas.
Desde la AChM hemos definido como ejes centrales de la seguridad municipal la prevención situacional (entornos seguros, patrullajes preventivos, recuperación de espacios público, entre otros), social (deserción escolar, convivencia escolar, derivación de menores a programas de apoyo y asistencia, etc.) la presencia territorial y de proximidad; el apoyo a la persecución penal a través de los sistemas de monitoreo, control y análisis territorial con información sistematizada y una propuesta orientada a la reinserción y gestión de la información penitenciaria respecto a los egresos de las cárceles.
Finalmente, la gestión de la nueva gobernanza de seguridad no puede dejar afuera a nadie, debe sumar a todos los actores del sistema, integrando, interoperando, botando barreras con un propósito común, que busque hacerse cargo de la contingencia con medidas efectivas e innovadoras y paralelamente un proyecto con una visión sistémica e integral de la seguridad que se haga cargo de las causas que nos tienen sin el debido orden y sumidos en el miedo.

RICARDO YAÑEZ REVECO; General Director de Carabineros (R)
Asesor y Director del Centro de Estudios y Gestión Estratégica de Seguridad Municipal, CEGES AChM.









