Encerronas, manejando con temor

En febrero, esa sensación volvió a escalar con fuerza en la capital. En pocos días se acumularon casos con un elemento que multiplica el impacto: niños presentes en el vehículo. El 5 y 6 de febrero, presenciamos episodios en que madres tuvieron que rescatar a sus hijos para evitar que quedaran atrapados en el asalto.
Encerronas, manejando con temor

En febrero, esa sensación volvió a escalar con fuerza en la capital. En pocos días se acumularon casos con un elemento que multiplica el impacto: niños presentes en el vehículo. El 5 y 6 de febrero, presenciamos episodios en que madres tuvieron que rescatar a sus hijos para evitar que quedaran atrapados en el asalto.

Días después, la seguidilla siguió: un intento de encerrona en Quilicura reabrió el debate sobre la inseguridad en enlaces viales y autopistas urbanas ; y el 16–17 de febrero, el caso de Macarena Tondreau —con detención y formalización posterior— volvió a instalar el tema en prime, como recordatorio brutal de que el delito también golpea donde se suponía que “ya no pasaba”.

Esa acumulación de hechos alimenta la idea de una “alza” que, aunque a veces no calce perfecto con la estadística anual, sí se siente real en la calle: más relatos, más videos, más alertas vecinales, más familias cambiando rutas, horarios y costumbres. Y ahí está la paradoja chilena de las encerronas: cuando bajan en el papel, no bajan en la piel.

Porque es cierto: las cifras oficiales han mostrado descensos recientes. que, según datos del Ministerio de Seguridad Pública, en 2025 las encerronas disminuyeron 21,8% respecto de 2024 (de 10.495 a 8.202 casos), con una baja de 20,5% en la Región Metropolitana atribuida a coordinación policial y al Plan Antiencerronas. Y el balance del Plan Antiencerronas 4.0 destacó caídas del robo violento de vehículos, junto con bandas desarticuladas, detenidos y recuperación de autos.

Entonces, ¿por qué la alarma vuelve cada cierto tiempo como una marea?

Primero, porque el fenómeno viene de una década de mutación. Y aunque haya bajas en un año específico, el historial reciente incluye incrementos relevantes: por ejemplo, en 2024 la RM registraba más casos que en el mismo período de 2023.  Reportes por Ley de Transparencia han descrito alzas entre 2023 y 2024 en la Región Metropolitana, reforzando la idea de una tendencia difícil de quebrar de forma permanente.

Segundo, porque “menos casos” no necesariamente significa “menos violencia”. La Fiscalía Nacional, en su Informe de Crimen Organizado en Chile, advierte que el mercado ilícito de vehículos sustraídos mantiene este delito como preocupación, con fuerte concentración en la Región Metropolitana (80% del total) y un componente de redes y reincidencia que complejiza la contención. En otras palabras: aunque la curva se mueva, el daño por evento puede ser mayor, y basta una semana especialmente cruenta para que el país sienta que todo se disparó.

Tercero, porque el delito se desplaza. No desaparece: cambia de “puntos calientes”, se adapta a los controles, explota descuidos mínimos (una detención obligada, una salida estrecha, un portón que tarda, una caletera sin iluminación suficiente). Esa movilidad sostiene la incertidumbre: hoy es una comuna, mañana otra; hoy una autopista, mañana un nudo vial distinto.

Y al final, la crónica siempre vuelve al mismo lugar: al volante y al copiloto. A esa fracción de minuto donde una familia decide qué vale más —y la respuesta es simple, aunque duela: la vida—. Por eso, más allá de la discusión de cifras, la urgencia es doble: sostener estrategias que reduzcan el delito (persecución de bandas, control de desarmadurías y recuperación de vehículos) , y al mismo tiempo fortalecer prevención práctica y apoyo a víctimas, porque la encerrona no termina cuando se llevan el auto: sigue cuando la persona vuelve a manejar con miedo.

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